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ELOGIO DEL LIBRO VIEJO
Roberto Bosca*
Siento una atracción particular por las librerías
de viejo. No, no me refiero al libro antiguo, merecedor de un refinamiento
(y un precio) propio de los anticuarios. Me gustaría discurrir
aquí sobre el libro usado, vulgar, ese libro de rostro desangelado
y apariencia poco presentable, a veces descuajeringado, que la gente
bien despreciaría por sucio. Es el libro que en el argot
librero se califica incluso de “descatalogado”, que
es una suerte de certificado de defunción, al menos para
la vida negocial; una suerte de muerte civil, o sea poco menos que
algo que no sirve sino para el cementerio y el recuerdo. Sin embargo,
ésta es, precisamente, la nota de rareza que le confiere
valor.
Ir a visitar librerías es sin duda mi salida preferida, pero
las librerías de viejo singularizan esa preferencia de un
modo muy especial. Cuando una nueva librería ha abierto sus
puertas al público, es una maravilla; ha nacido una nueva
fuente de sabiduría, de entretenimiento, de gozo, de progreso,
de felicidad. Cuando una librería cierra sus puertas es como
una luz que se apaga en el medio de la ciudad; si ellas desaparecieran,
viviríamos a oscuras.
Los libros viejos tienen esa dignidad propia de la edad y del servicio
prestado. Exhiben con dignidad las marcas y otros deterioros propios
del uso y del tiempo, del mismo modo que los generales de antes
lucían sus heridas de guerra como una condecoración,
un testimonio de la gloria. Tengo para mí que no ama los
libros quien no ama los libros usados, por más que se la
pase peregrinando en librerías del mejor nivel. Los españoles
dirían que tienen solera. En el ejército rige una
regla no escrita que se formula así: “la antigüedad
es un grado”, y los escalafones suelen tener en cuenta -muchas
veces de una manera excesiva-, el paso de los años para reconocer
derechos. Algo así ocurre con la literatura y con el arte.
Si la obra ha superado el paso del tiempo, esta pervivencia le acredita
y le reconoce su nobleza.
Cuando llego a una ciudad -mucho más si es una gran ciudad-,
una de las primeras cosas que hago es visitar librerías.
De ordinario me sirvo de datos de amigos o de las guías de
turismo, porque eso es evidentemente práctico, sobre todo
cuando se carece de tiempo, lo que es habitual. Pero otras veces
uno sale a pasear y a conocer nuevos lugares; entonces, cuando irrumpe
en el itinerario una librería, es como un regalo que nos
hace la ciudad.
Ese regalo es mayor aún si se trata de un local medio destartalado
y de aspecto venerable, que identifica al rubro, por ser cada vez
más raras, las que se dedican a libros usados. Las librerías
de viejo multiplican el placer de encontrar un buen libro, porque
suman la nota de aventura, de búsqueda del tesoro, la avidez
propia del investigador. Los libros viejos tienen el atractivo inefable
del misterio: ¿qué puede pagar ese placer de hurgar
en lo desconocido? También, digámoslo, hay en el caso
un tanto de romanticismo, que aureola la afición con un matiz
especial.
Uno de mis amigos se dedica, diría que casi exclusivamente,
al libro usado; es su especialidad. Siendo también muy aficionado
a los libros, es raro encontrarlo en una librería de “nuevos”.
El atisba esos lugares ignotos, que forma parte de la misma aventura
descubrir, y conoce hasta por su nombre a los propios libreros,
los saluda, conversa con ellos, cultiva una cierta amistad. No he
llegado a ese grado de perfección, pero disfruto con él,
acompañándolo, mucho más que si fuéramos
a cualquier otro lugar. Es como subirnos a la máquina del
tiempo sus excursiones al pasado. El interés común
cimenta la amistad.
Es muy probable que sea por esto que cuando se trató de diseñar
el Fondo Editorial de la Fundación Carolina de Argentina,
la reedición de obras valiosas, pero hoy un tanto olvidadas,
fue para mí motivo de una atención particular. Esto
representaría algo verdaderamente fascinante: la posibilidad
de convertirme en un desenterrador de tesoros escondidos y olvidados.
Un riquísimo patrimonio cultural, quizás hoy algo
opacado por los vientos no siempre amigables de la globalización,
está pronto a brindarnos lo mejor de su riqueza.
Las nuevas generaciones pueden tener acceso, gracias a esta iniciativa,
a obras que de otro modo permanecerían ignoradas. En los
anaqueles de las bibliotecas nos esperan viejos volúmenes
cubiertos de polvo, que en sus páginas amarillas, quizás
ya quebradizas, albergan sin embargo un contenido muy vivo que tiene
mucho que decir a quienes no fuimos sus contemporáneos. Poner
esas joyas de la literatura al alcance de quienes no las han conocido
reviste un gozo espiritual difícil de describir. Reeditar
es muchas veces resucitar. En los primeros libros que da a luz el
Fondo Editorial Carolina, alienta el deseo de dar nueva vida a ese
rico acervo literario de acento argentino, latinoamericano y español,
pero de alcance universal.
El primero de los libros que el Fondo editorial acaba de editar
es La jofaina maravillosa, de Alberto Gerchunoff, una pintura impresionista
sobre el clásico de Cervantes, del autor del recordado Los
gauchos judíos, otro clásico de la literatura argentina.
Esta publicación ha querido ser un homenaje al Quijote en
el año de su cuarto centenario, y cuenta con un estudio preliminar
de Lucía Gálvez.
La segunda obra es La vida blanca, de Eduardo Mallea, algo así
como una continuación de su célebre Historia de una
pasión argentina. Este ensayo de Mallea no se había
reeditado en las últimas cuatro décadas, y sin embargo
conserva una viva actualidad. Tiene un estudio preliminar de Pedro
Luis Barcia, el Presidente de la Academia Argentina de Letras, y
un epílogo de Rosendo Fraga, uno de los analistas políticos
más lúcidos del quehacer nacional.
La tercera, Los cuentos de mama vieja, es una recopilación
de relatos acuñados por la tradición popular en el
ambiente campesino latinoamericano, narrados con los modismos de
su habla original, lo cual les confiere una particular frescura
y encanto. Su autor, Rafael Jijena Sánchez, poeta nativista,
investigador y cultor del más puro patrimonio criollo original,
es considerado uno de los fundadores de las ciencias del folklore
en la Argentina. El volumen se integra con un completo estudio preliminar
de la académica Olga Fernández Latour de Botas.
El cuarto y el quinto volúmenes son dos antologías
de revistas culturales, en el caso Sur y Revista de Occidente. Ambas
recogen artículos aparecidos en esas míticas publicaciones
a lo largo de muchos años y cuentan con estudios preliminares
de Rosalie Sitman y Enrique Aguilar. La idea permite que un trabajo
publicado hace varias décadas atrás pueda ser releído
como inédito por quienes han nacido años más
tarde y por lo tanto perdieron la oportunidad de degustarlo en su
edición original. Reflejan un catálogo deslumbrante
de trabajos y de autores, que reunidos, parece imposible superar:
Borges, William Faulkner, Ortega y Gasset, Aldous Huxley, Victoria
Ocampo, Giovanni Sartori, Jacques Maritain, Rosa Chacel, Paul Ricoeur,
y tantos otros más.
Durante la presentación del Fondo editorial, el Presidente
de su Consejo Académico, Carlos Floria, definió acertadamente
al fondo como una empresa intelectual. Se trata de una empresa al
servicio de la cultura, cuyos dividendos enriquecen el espíritu,
una inversión que -estoy convencido- también consigue
el mejoramiento de la calidad de vida de un pueblo, incluso en lo
material. No; el ideal, desde luego, no es quedarse en el pasado,
pero sólo se puede saltar alto, sólo se puede ir más
allá, llegar al futuro, si se tiene una buena base de lanzamiento.
La Fundación Carolina, en ese espíritu, nos ha propuesto
encontrarnos con lo mejor de lo que tenemos, subirnos a los hombros
de esos gigantes formidables, para llegar antes, más y mejor.
*Coordinador Académico del Fondo Editorial de la Fundación
Carolina de Argentina.
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