Líneas de prensa

Palabras pronunciadas durante la celebración del 25º aniversario de DYN, Marzo 29 de 2007

Calidad de expresión
Por Guillermo Jaim Etcheverry

La celebración de aniversarios de instituciones resulta siempre auspiciosa en un país en el que parecen ser tan débiles. De allí mi reconocimiento por la invitación, que me honra, a compartir un momento tan grato como es el de festejar el primer cuarto de siglo de un emprendimiento periodístico tan importante y trascendente para la prensa argentina. Es siempre oportuno mirar hacia atrás, tener en cuenta la historia y recordar de dónde venimos. Por que esa actitud constituye un elemento esencial para continuar la tarea en una época como la actual que valora solo el presente y desprecia el pasado, lo que pone en peligro el futuro. Es la valoración del pasado lo que nos da la dimensión de trascendencia, la posibilidad de comprender que el presente de hoy será el pasado del futuro que vendrá. Esa idea de trascendencia, que se adquiere a través del conocimiento de la historia, está en ocaso en la civilización actual, razón por la que resulta necesario reafirmarla en cada oportunidad en que tengamos ocasión de hacerlo. De allí el interés que adquiere esta reunión por la razón que nos convoca.

He elegido plantear algunas inquietudes en torno a una cuestión que me preocupa y que está vinculada a lo que he llamado la “calidad de expresión”. Es frecuente escuchar hablar sobre la libertad de prensa y la de expresión. Quisiera en esta ocasión que meditáramos acerca de calidad de expresión. Si bien la libre expresión de las ideas constituye un objetivo compartido por todos y por el cual tanto han luchado muchos de los que están aquí y que ha costado tantas vidas en el mundo, también deberíamos poner énfasis en la calidad con que esas ideas llegan a la gente. Porque lo que expresa el periodismo, en todas sus formas, cumple una función esencial en la construcción del interior de las personas. Por eso creo que, más allá del contenido, la calidad con que se emiten los mensajes debe constituir motivo de especial preocupación.

Sin ninguna duda a partir de la segunda mitad del siglo pasado, los medios de comunicación, en especial los audiovisuales, han adquirido un predominio casi hegemónico en nuestra vida cotidiana, lo que ha provocado una profunda transformación social. Estamos comenzando ahora a advertir los efectos que ejerce sobre el desarrollo de la cultura contemporánea esta irrupción de lo que en alguna ocasión he denominado “la realidad irreal”. Utilizando como materia prima algunos pocos elementos primitivos, casi siempre derivados del ámbito de lo banal, lo superficial y lo grosero, la actual masificación de los medios de comunicación está logrando crear una atmósfera opresiva. Multiplicando cada hecho particular hasta el infinito, como si estuviera reflejado por espejos paralelos, se ha conseguido generar esta ilusión de homogeneidad en la que vivimos. Vemos tantas veces por día el mismo crimen, la misma violación o el mismo acto de corrupción que terminamos convencidos de que sólo nos rodean asesinatos, violaciones o corrupción. Hasta la ficción hoy parece interesada en recurrir a esos mismos elementos.

La sociedad actual ha advertido con claridad los riesgos de la contaminación del medio ambiente y se han generado grandes movimientos vinculados a este tema demostrando la gran preocupación de la sociedad contemporánea por la preservación del medio natural en que vivimos. Sin embargo, no creo que identifiquemos con igual seriedad y preocupación el grave peligro que acecha a un ambiente, que no es menos trascendente que el de la naturaleza. Me refiero a nuestro propio interior. El filósofo Philip Novak resume muy bien esta situación cuando dice: "La abundancia informativa resulta atractiva hasta que comprendemos que nos puede arrebatar la paz, un derecho espiritual de nacimiento. Así como recién estamos descubriendo el imperativo de desarrollar una relación armónica con la naturaleza, posiblemente también debamos advertir la necesidad de una ecología interior, una ecología de nuestra mente".

Bombardeados por datos que no alcanzamos a interpretar, aturdidos por el escándalo creado por quienes se disputan nuestra atención con la avidez de transformarla en dinero, nuestro propio interior está siendo velozmente invadido. Desprovistos de las herramientas para reflexionar y de la disposición a hacerlo, indefensos, comenzamos a perder hasta la capacidad de concentrar nuestra atención. No es casual que las imágenes de las pantallas televisivas se sucedan a un ritmo vertiginoso y violento, que no sólo hace imposible analizarlas sino que también nos impide percibir conscientemente los elementos que contienen. Excitados como estamos, ya cada vez pensamos menos.

Uno de los signos más peligroso de la situación actual creo que se advierte en el proceso sistemático de la demolición del lenguaje. Proceso al que asistimos, indiferentes, día tras día. Las imágenes televisivas vienen acompañadas, por lo general, del balbuceo de los nuevos y poderosos educadores electrónicos que construyen nuestro interior, el interior del espectador niño. Omnipresentes, se caracterizan por emitir frases incoherentes y utilizar un léxico cuya alarmante limitación no hace sino reflejar interiores devastados por una educación empobrecedora. Estos nuevos maestros recurren permanentemente a la grosería, no ya para escandalizar, sino porque carecen de un vocabulario más amplio y sofisticado. Chicos y grandes estamos siendo educados por ignorantes que, para peor, viven en una feliz inconsciencia porque ni siquiera saben que no saben. Lo grave es que nos estamos acostumbrando aceleradamente a aceptar esta situación como normal. El rescate del lenguaje, en el cual ustedes como periodistas tienen tanta responsabilidad, adquiere hoy una significación profunda porque está ligado indisolublemente a la defensa de nuestro interior. Por eso, la contribución más importante que hoy pueden hacer los medios de comunicación a la educación y a la cultura reside también en algo simple, en hacer bien lo que hacen. Lograr que cada persona que enfrente un micrófono o una cámara de televisión para hablar o una computadora para escribir, pueda expresarse correctamente utilizando frases completas, recurriendo a un vocabulario rico. Por que tienen en sus manos nada menos que el interior de aquellos que les escuchan, les ven o les leen.

Felizmente, es amplio el consenso social acerca de la necesidad de garantizar la libertad de expresar todas las ideas, de informar sobre todo lo que sucede, de difundir las opiniones vertidas desde todas las perspectivas. Pero tal vez haya llegado el momento de discutir si es posible dejar que, bajo la protección de esa libertad de expresión que estamos obligados a preservar, se contamine aviesamente nuestro paisaje íntimo con conductas escandalosas, con una permanente apelación a lo peor y, sobre todo, utilizando desde el periodismo un lenguaje paupérrimo. Así como nos preocupamos por la calidad del medio ambiente en el que habitamos o de los alimentos que ingerimos, deberíamos prestar más atención a la nobleza de los alimentos del alma. En general, estas reflexiones críticas se responden recurriendo a la lógica de la demanda, se dice: "es lo que la gente quiere ver". Esa justificación puede ser refutada con variados argumentos. Citaré uno que pertenece al jurista español Ignacio Sánchez Cámara quien señala que "los mercaderes de la degradación tal vez ignoren que, al invocar la soberanía del público, implícitamente reconocen el agravio infligido a la inteligencia y al decoro. Argumentar que es el público el que quiere ver este tipo de espacios y que la obligación de las televisiones comerciales es responder a esas necesidades, es propio de un sofista y un mercader que trafica con mercancía averiada, un tendero de los alimentos del alma, mas no de quienes son responsables de medios de comunicación, nacidos además bajo la forma de concesiones de un servicio público".

La justificación misma encierra el reconocimiento de la culpa: si los programas fueran de calidad, encontrarían en ella su razón de ser y no en la adhesión de la audiencia. Pero este argumento también encierra un engaño porque las supuestas necesidades de la gente son inducidas por quienes programan las emisiones. "La audiencia - afirma Gustavo Bueno - sigue la ley de Gresham: la moneda mala desplaza a la buena. La gente no tiene tiempo ni posibilidades de hacer un esfuerzo y va a lo más fácil". Como también lo señala Sánchez Cámara, "la existencia de la demanda, que, en este caso, es posterior a la oferta, no justifica moralmente a ésta". Quienes comercian con la prostitución o las drogas también atienden una demanda, pero eso no basta para hacer aceptables tales conductas.

La satisfacción del cliente es el árbitro de la calidad en el campo comercial y en el de algunos servicios. Pero dice poco sobre la calidad en el caso de un bien inmaterial como es la comunicación. Se olvida que esta, al igual que la información, no es un producto como los otros, porque ambos se definen en primer lugar por valores como lo sostiene Dominique Wolton.

Es cierto que el propósito de los medios de comunicación no es el de educar, sino esencialmente el de informar y entretener. Pero lo que no pueden proponerse es utilizar como materia prima los más bajos impulsos del ser humano, sus expresiones más primitivas. El camino de la vulgaridad que han elegido responde a dos principios fundamentales en la sociedad actual: hacer dinero y divertirse. Para lograr lo primero es útil cualquier recurso y el afán de lucro alimenta el analfabetismo funcional que contrarresta lo que consigue la poca educación. La diversión se restringe a lo fácil, que termina en lo ramplón y lo sórdido. Todas estas situaciones siempre han existido, el problema actual es que se les otorga el lugar de ejemplo que debería corresponder a conductas más elevadas y talentosas.

Quien siembra incultura, recoge incultura. Al sembrador corresponde la responsabilidad por la simiente y por la cosecha. Es que la responsabilidad es nuestra y no de la tierra que recibe nuestra semilla, como pretendemos justificarnos. Por eso, conformar una democracia sólida, supone esencialmente, estimular la elevación de sus protagonistas. Atender a su calidad como personas. Vivimos en relación con los otros, nuestra vida se define por esa relación ya que no estamos aislados. La calidad de mi vida personal depende de la calidad de quien tengo frente a mí. Por eso, en esa relación, se encuentra la justificación de la que debería ser una de nuestras preocupaciones fundamentales: la educación. El otro importa para mí, es esencial para mi vida. A este respecto, recurro con frecuencia a una frase que utilizó Sarmiento en 1848 cuando dijo: “Si no los queréis educar por caridad, al menos hacedlo por miedo”. Se trata de una frase que tiene claras resonancias en nuestra época. Si no entendemos que de seguir profundizándose la brecha educativa que existe en nuestra sociedad, dentro de veinte o treinta años, tal vez antes, no bastarán los guardias, los barrios cerrados, las paredes y los perros, ya que en ese contexto resultará muy difícil que nuestros hijos y nietos desarrollen una vida normal.

Es posible que la sensación de opresión que genera esta realidad desalentadora se deba combatir realizando un enorme esfuerzo para advertir que además del mundo virtual que nos rodea, generado por los espejos paralelos de los medios informativos, existe otra realidad. Aunque carezca de todo interés para esos medios, ella debería ser de primordial importancia para nosotros. Se trata de nuestras propias vidas, del vasto espacio interior en el que la persona adquiere su verdadera dimensión, adonde debe retornar para buscar el valor de la honradez, la responsabilidad y la justicia. Vivir es amueblar ese espacio interior. Por eso es importante mantener limpia su atmósfera, preservarla de la contaminación de la realidad irreal porque, precisamente, es en ese interior donde deberemos recogernos para sobrevivir.

Aunque defendemos la libertad de comercio, no nos alarma que se controle estrictamente la calidad de la leche, de las carnes o de los medicamentos. Nos indignamos cuando no se respetan las normas de salubridad pero, desentendidos de la salud interior, no nos atrevemos ni siquiera a promover la discusión acerca de la calidad del alimento cultural. Conmueve ver a los ecologistas empeñados en limpiar indefensas aves empetroladas, pero no surge una suerte de Greenpeace del medio interior, interesada en limpiar a tantas personas vulgarizadas, ensuciadas por dentro por una corrupción que, aunque no se vea, resulta fácil de percibir. Hay hechos objetivos que demuestran esa pérdida de la calidad del interior de las personas.

Cuando se rediscute el papel que en el ámbito de las comunicaciones corresponde al Estado, sería importante que se comprendiera que éste, en nombre de todos, debería constituirse en custodio no sólo de la libertad de expresión sino que también debería promover mecanismos que responsabilizaran a los medios por la calidad de eso que con libertad expresan. Debemos advertir que, así como el planeta corre graves riesgos físicos si no actuamos para evitar la contaminación ambiental, similares peligros acechan a la naturaleza humana si persistimos en contaminar el interior de nuestros jóvenes con lo peor de lo que es capaz el ser humano. Lo que es más grave aún, lo exponemos en una jerga que implica un claro retroceso en la evolución cultural. Como señalé más arriba, privar a las personas de palabras equivale a escamotearles la capacidad de pensarse, de pensar el mundo y de expresar esas ideas, rasgos esenciales de la construcción de lo humano.

El despojo al que sometemos a las nuevas generaciones resulta aún más grave en momentos en que la escuela sufre fuertes presiones para desertar de su misión de mostrar que existen otras realidades, que hay alternativas. Junto con la familia, la educación constituye la herramienta esencial para amueblar ese espacio interior, para cimentar la ciudadanía, para permitir que germinen la libertad y la grandeza que no lo hacen en un pueblo ignorante y esclavo. Tradicionalmente se ha considerado a la escuela, entiendo como tal a todo el espectro de la experiencia educativa institucionalizada, como la educación formal. Parece llegado el momento de abandonar ese criterio ya que hoy es la televisión la que educa a la gente. La escuela se está convirtiendo en la educación alternativa, en la educación de la resistencia.

En su visión del mundo del futuro, George Orwell nos alertaba sobre quienes nos privarían de la información, prohibirían los libros o nos ocultarían la verdad. Aldous Huxley expresaba una preocupación opuesta. Imaginaba que llegaríamos a contar con tanta información que quedaríamos reducidos a la pasividad, que no sería necesario prohibir los libros porque a nadie le interesaría leerlos ni ocultar la verdad porque pasaría inadvertida en el océano de la irrelevancia. Sostenía que en la era de la tecnología avanzada, la gente viviría entre placeres y lujo pero devastada espiritualmente por un enemigo disimulado tras un rostro sonriente. Para destruir la cultura bastará – dice Huxley - con que el pueblo termine convirtiéndose en audiencia, que acepte ser distraído por lo trivial, paralizado por el entretenimiento perpetuo. A esa altura, sin necesidad de guardianes ni rejas, el diálogo público no superará ya el nivel infantil y la política no se diferenciará del vodevil. Como ven, la hipótesis de Huxley parece haber triunfado ampliamente en la sociedad occidental contemporánea.

Por eso, creo que ya deberíamos hablar de la escuela como una instancia de educación alternativa al principal actor en la educación que es hoy el universo de los medios de difusión y del entretenimiento. Que estos sean parte de los mismos conglomerados empresariales no debería sorprender porque la unión del espectáculo con la información, constituye la suma del poder mundial. Si se pierde esa instancia única que hoy proporciona la escuela, de dotar a nuestros niños y jóvenes de las herramientas intelectuales que les permitan comprender el mundo complejo que les rodea, se pondrá en serio peligro el futuro de la civilización. Familia y escuela deberían ser vistas como el lugar de resistencia de lo humano. Porque, a pesar de todo lo que se diga, la materia prima de la escuela no es la última información. Es la adquisición de marcos de referencia, del andamiaje básico que permita interpretar y manejar críticamente esa información. Estamos demasiado informados pero muy poco pensados. Como señala Julián Marías, somos "primitivos llenos de noticias", carecemos de ideas, corporizamos el "vacío mental". Por eso sin resistir y sonrientes, nos entregamos al opresor que nos va rellenando con la cultura del burlesco. Trágicamente, ni siquiera reconocemos a quién los asfixia.

Manuel Vicent dice que para escapar de este mundo no es necesario moverse. El lugar donde fugarse está más cerca de lo que pensamos. Está dentro de nosotros mismos. Los responsables de la comunicación influyen de manera decisiva en la educación de nuestra gente, y asumen la tarea de modelar ese interior de cada uno de nosotros. Ese lugar en el que recogernos, ese sitio en el que debemos encontrar las herramientas para interpretarnos, para entender el mundo, para poder expresar lo que pensamos. De allí la enorme responsabilidad que les cabe a los medios de comunicación que desempeñan un papel central, único, que no habían tenido hasta ahora en la construcción del interior de las personas. En última instancia en modelar lo humano, lo que somos. Creo que hay que enfrentar el análisis de los medios con esa visión de su trascendencia y estos deben ir asumiendo voluntaria y conscientemente la responsabilidad de garantizar que la libertad de expresión se exprese recurriendo a las mejores herramientas que el ser humano ha desarrollado a lo largo de su historia.

En la calidad de quienes integran la sociedad que nos rodea estamos reconociendo nuestra propia calidad. Creo que el proyecto fundamental para los años por venir es, precisamente, asegurar que los medios de comunicación, con el enorme poder que hoy tienen, presten una creciente atención a esa otra dimensión. Que además de informar y entretener, ayuden a construir ese espacio interior de las personas. A amueblar ese vasto ámbito al que debemos retirarnos para pensar, para meditar, para vivir en ese otro tiempo del que nos esta privando la fugacidad de la sociedad actual. Vivimos en un tiempo en el que solo se privilegia lo veloz, lo rápido, lo nuevo. Ya no tenemos tiempo para hacer otra cosa. Eso no es cierto, seguimos teniéndolo. Quienes se dedican a la prensa escrita deberían advertir que cada vez que tomamos un periódico en nuestras manos, estamos ingresando a ese otro tiempo, a esa otra dimensión de nuestra realidad, a un espacio de reflexión tan distinto a ese que hoy privilegiamos como valor absoluto. Hay que aprovechar ese momento, ese contacto con el otro que lee, que se ubica en otras circunstancias y asume otras actitudes personales, porque en ellas se esconde la oportunidad singular de construirlos como personas más completas, tal vez mejores, recordando, como decía Sarmiento que, si no lo hacemos por caridad, al menos deberíamos hacerlo por temor.



 

 

 
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