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Memoria e Historia en las sociedades contemporáneas
Por María Saenz Quesada.
Como consecuencia de la globalización, la memoria y la historia
han pasado a ocupar un lugar central en la cultura contemporánea,
no tanto por la intención de los gobiernos, sino por el interés
y la disposición a recordar y a ser recordados de importantes sectores
de la población. Este renovado afán, convive con otro rasgo característico
de nuestro tiempo en que, como bien ha señalado Eric Hobshawn, la
juventud crece en una especie de presente permanente y se ha roto
el hilo conductor entre las generaciones.
En estas circunstancias, la memoria procura abrirse paso entre la
parte de la población sin duda mayoritaria que le vuelve la espalda
a la experiencia vivida, y la parte en sustantivo crecimiento que
busca hacerse escuchar. Entre tanto la historia, una disciplina
cada vez más exigente en sus métodos de investigación, se ha deshumanizado,
y en la medida en que su relato se ha vuelto árido, ha perdido espacio,
sobre todo en los medios de comunicación que hoy constituyen la
principal correa de trasmisión de conocimientos.
También la decadencia de los estados nacionales incide en el campo
de la historiografía. Las identidades locales recuperadas gracias
al retroceso de dichos estados, reclaman un relato histórico diferenciado
del gran relato de la historia nacional. Aquellas admirables síntesis
escritas en el siglo XIX con el objetivo de “hacer patriotas sinceros”
eran inevitablemente centralistas.
En la crisis se mezclan las ideologías. La caída del Muro de Berlín
generó en los países antes dominados de la Europa del Este un estudio
de la memoria previa a la sovietización. En España, donde las comunidades
autónomas rescriben su pasado en términos muy críticos a la centralización
castellana, últimamente se discute el olvido deliberado de los crímenes
de la guerra civil. Dicho olvido, pensado para evitar que se repitiera
la polarización de aquellos años, constituyó una de las claves de
la transición a la democracia en los setenta. Y la polarización
se ha vuelto a instalar.
En sociedades que suponíamos inconmovibles e inmodificables, nuevos
actores, por lo general las minorías étnicas, religiosas y sexuales,
pugnan por ser escuchados, reconocidos e incorporados al gran libro
de la historia.
Francia, cuya historia nacional ha sido modelo para nuestros países,
es hoy el escenario de combates por la memoria que no tienen un
ropaje académico. Enseñarla se volvió más difícil en la medida en
que el país había salido dividido de la Segunda Guerra Mundial y
del doloroso proceso de descolonización. Una prueba de la profundidad
de estos conflictos se tuvo en 2005, cuando se votó una ley en el
Parlamento a fin de que se enseñara en la escuela el papel positivo
de la colonización y que fue finalmente anulada por el Consejo Constitucional.
A ella se opusieron, entre otros, varios destacados historiadores.
Pierre Nora ha explicado que fueron las tragedias del siglo XX las
que contribuyeron en gran medida a democratizar la historia. Entonces
el hombre comenzó a sentir que lo que vivía era la historia, al
contrario de lo que sucedía en las sociedades campesinas tradicionales,
inmersas en lo cotidiano. Pero esta memoria portada por grupos de
seres vivos funciona en un registro diferente de la historia: ésta
es una operación laica e intelectual que pertenece a todos y a nadie,
mientras que la memoria es imaginativa, emotiva, vulnerable y solo
acepta las informaciones que le convienen. Observa asimismo Nora
que en pocos años los portadores de memoria ganaron considerable
espacio, y con el auxilio de una cultura mediática, se pasó de una
historia modesta, la de las víctimas que querían que sus sufrimientos
fueran tenidos en cuenta, a una memoria colectiva, independiente
de la historia científica, que pretende ser dueña de la verdad histórica
y cerrarles la boca a los historiadores profesionales.
En los países sudamericanos la memoria de las víctimas de masacres
remotas y recientes ofrece un campo fértil para construir nuevos
relatos que incluyan a actores que antes habían quedado fuera. Con
respecto al México antiguo la tarea lleva décadas de investigaciones.
En ese sentido, es ejemplar el trabajo de Miguel León Portilla y
Angel María Garibay que permitió elaborar, mediante textos traducidos
de lenguas indígenas, un relato diferente de la conquista española.
Esta “visión de los vencidos” ayudó a avanzar en la comprensión
del otro, una de las preocupaciones centrales de la cultura contemporánea.
Las síntesis que se hicieron en la Argentina a fines del siglo XIX
tuvieron en cuenta una sola memoria, la de la clase patricia que
había fundado la República. La obra de Vicente Fidel López, inspirada
en la memoria familiar antes que en los documentos, resulta el mejor
ejemplo de las posibilidades que ofrecen estas fuentes: los López
constituyeron una dinastía intelectual, de intensa participación
en la política a lo largo del siglo antepasado.
A mediados del XX, esa memoria de la Argentina criolla dio un espléndido
fruto tardío en la voz de Jorge Luis Borges. El autor del “Poema
conjetural” se internaba en la historia del país en los relatos
de su madre Leonor Acevedo. Recibía esa memoria francamente parcial
sin beneficio de inventario, porque le resultaba creíble y suficiente
para el sentido de identidad que él necesitaba.
“Me has dado tantas cosas (...) tu memoria y en ella la memoria
de los mayores, los patios, los esclavos, el aguatero, la carga
de los húsares del Perú, y el oprobio de Rosas, tu prisión valerosa
cuando tantos hombres callábamos”, escribió Borges en el primer
volumen de sus Obras Completas dedicado a su madre.
Mientras la memoria de las familias patricias se desvanece en el
ajetreo contemporáneo, la memoria de la inmigración ha logrado insertarse
en el gran relato de la historia nacional. En obras de carácter
científico y en otras con títulos tales como “Nunca regresarás”
o “No me olvides” , se escuchan las voces de los propios inmigrantes
o de sus padres y abuelos que en un tono intimista que incluye necesariamente
lo cotidiano y hasta lo cómico, se ocupan de un pasado relativamente
próximo. Hay aspectos dolorosos, la ruptura con la tierra de origen,
y otros positivos, la reinserción en una tierra nueva que en muchos
casos les permitió una sensible mejora de su condición social.
Sobre los pasos de una visión más completa del pasado que incluya
las raíces indígena y africana, negadas por la historia oficial,
trabajan numerosos investigadores. Como la memoria directa de la
conquista y de la colonización se ha extinguido, la tarea apunta
a descifrar, sobre la base de antiguos documentos, cuál fue el verdadero
papel de las poblaciones autóctonas en la formación de la sociedad
colonial. Dicho trabajo permite profundizar en las rupturas y en
las continuidades entre la organización indígena y el modo de vida
instalado por los españoles (Josefina Piana en Los indígenas de
Córdoba bajo el régimen colonial). Esta ampliación del conocimiento
sirve para mejor comprender el fenómeno del mestizaje que está en
el origen de la sociedad argentina.
También los afroargentinos buscan sus raíces. Si bien muy pocas
familias tienen alguna memoria de la esclavitud –una excepción son
los Platero en la ciudad de La Plata- , hay una nueva conciencia
que tiene en cuenta el papel de aquellos inmigrantes forzosos en
la construcción del país. En los últimos años los centros universitarios
están cada vez más interesados en estudiarlos para volver a narrar
esa historia.
La nueva historiografía sobre la mujer, a menudo sobre la base de
la historia oral, ha contribuido a dibujar un perfil de la parte
femenina de la población más ajustado a la realidad que el estereotipo
aceptado en el pasado.. Es un amplio abanico de posibilidades el
que surge de las investigaciones: mujeres gauchas, chinas de la
toldería y hechiceras de la tribu; mujeres que fueron firmes defensoras
del orden establecido o transgresoras empedernidas; damas ilustradas
dueñas de salones literarios o trabajadoras analfabetas que encabezaron
movimiento de protesta.
Y finalmente llegamos a los grandes debates políticos de la historia
contemporánea, la de los últimos treinta años o la que se remonta
más atrás, y revive el conflicto entre peronismo y antiperonismo.
En el primer caso abundan los libros de memorias de quienes participaron
en la militancia revolucionaria de aquellos años. En el segundo,
todavía está vivo el recuerdo de algunos actores, por lo general
de segunda fila, de los gobiernos de facto. Tales memorias ofrecen
visiones muy parcializadas del pasado porque llevan la carga de
las divisiones inconciliables de los últimos 60 años.
La memoria resulta francamente insuficiente cuando no trata asuntos
amables o de fácil solución, cuando está en juego no sólo la posibilidad
de admitir el propio error, sino también el de los seres queridos,
maestros o camaradas que murieron en la lucha. Es necesario entonces
recurrir a la historia, una disciplina intelectual que reconstruye
en la forma más fidedigna posible el contexto en que ocurrieron
los hechos y explica las razones de unos y otros. Reencontrarse
con la historia, para que la necesidad de ser recordado e incluido,
resulte finalmente en una acción reparadora y superadora que permita
mirar de frente al futuro.

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